Cuidar el bolsillo, buscar ofertas y estirar el sueldo para llegar a fin de mes es una costumbre cotidiana en la provincia. Sin embargo, existe un límite donde la prudencia financiera deja de ser una virtud y se convierte en una patología: la crematofobia (o crometofobia), el miedo irracional y desmedido a gastar dinero.
Especialistas en salud mental advierten que esta condición, enmarcada dentro de los trastornos de ansiedad, lleva a quienes la padecen a organizar toda su vida en torno al hábito obsesivo del ahorro. A diferencia del ahorrista que junta dinero con un objetivo o de la simple tacañería, la persona con crematofobia sufre crisis de angustia, taquicardia y hasta ataques de pánico al tener que realizar transacciones cotidianas como comprar comida, pagar una factura o abonar un pasaje.
Miedos, mandatos y situaciones extremas
Las causas de esta fobia financiera suelen estar vinculadas a vivencias del pasado o traumas personales. Entre los factores desencadenantes más comunes se destacan:
- Historias familiares de privación: Situaciones de escasez sufridas durante la infancia o vivencias transmitidas por generaciones anteriores (como familias que atravesaron crisis económicas severas o hambrunas) que instalaron la idea constante de que «todo puede fallar en cualquier momento».
- Experiencias traumáticas: Haber sufrido una quiebra, una estafa o la pérdida repentina del empleo.
- Pensamientos obsesivos: La idea fija y recurrente de que cualquier desembolso, por mínimo que sea, provocará la ruina financiera inmediata.
En los casos más severos, los pacientes llegan a privarse de comprar artículos esenciales de limpieza, postergar tratamientos médicos o inventar excusas para evitar salidas sociales, lo que deteriora gravemente su calidad de vida y sus relaciones personales.
¿Cómo se aborda este trastorno?
Los profesionales de la salud señalan que la terapia cognitivo-conductual es el abordaje principal para tratar la crematofobia. El tratamiento busca identificar los pensamientos irracionales y desensibilizar al paciente de manera progresiva, acompañándolo a realizar pequeñas compras diarias sin experimentar desbordes de ansiedad.
Técnicas complementarias como el mindfulness y los ejercicios de relajación también ayudan a controlar la sintomatología ansiosa cuando aparece la urgencia por evitar cualquier gasto.
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